Cambio de Vida

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Aldo Magnasco, socio de Monarch:

“Lo más fácil habría sido paralizarnos por el miedo, pero quisimos tratar de salir adelante”

A sus 74 años, Aldo Magnasco todavía sale de su casa a supervisar las labores en la fábrica de Monarch, empresa textil ligada a las familias Magnasco-Aste donde ya lleva 54 años. No va todos los días, pero dice que no puede quedarse tranquilo en su casa viendo cómo todo pasa. Es que ante los efectos en la economía y el empleo que implicó la llegada del nuevo coronavirus al país, qué hacer para subsistir a una nueva crisis fue la pregunta que se planteó la plana mayor de la compañía, y la respuesta surgió desde sus proveedores en Italia: había que reconvertir las maquinarias para elaborar ese artículo que hoy es de primera necesidad en todo el mundo.

Cuando se reportaron los primeros casos de Covid-19 en Chile y comenzaron a agotarse las mascarillas en las farmacias, el directorio de Monarch se preocupó. Sabía que el país estaba cerca de entrar a un espiral mucho más complejo que el de octubre de 2019, cuando estalló la crisis social. De alguna manera, tenían que reaccionar y anticiparse antes de que fuera tarde.

Qué hacer para subsistir a una nueva crisis fue la pregunta que se planteó la plana mayor de la empresa textil ligada a las familias Magnasco-Aste. Y la respuesta surgió tras una conversación con sus proveedores de tecnología y maquinaria que están en Italia, que habían alterado sus fábricas para elaborar ese artículo que hoy es de primera necesidad en todo el mundo.

“Cuando nos dijeron que con las mismas máquinas que tenemos acá en los talleres ellos estaban haciendo mascarillas, no lo dudamos. En un primer momento sólo pensamos en hacerlas para nuestros colaboradores y nuestra gente, porque las íbamos a necesitar”, cuenta Aldo Magnasco, socio y director comercial de Monarch, sobre cómo se gestó la reinvención más reciente de la empresa y que implicó una inversión de US$ 140 mil para acondicionar la maquinaria. “Fue una inversión pequeña en cuanto a plata, pero muy grande en tecnología”, subraya Magnasco.

Lo que vino después, ni él mismo lo puede creer.

“Esto se convirtió en algo increíble, muy sorprendente. Yo llevo 54 años en Monarch y algo sé de sortear crisis. Nos ha tocado sobreponernos a momentos económicos y políticos muy complejos. El último fue el estallido social, y el coronavirus nos encontró golpeados, como a todo el país, después de dos meses en los que prácticamente no vendimos nada porque todos los malls y tiendas tuvieron que cerrar. Pero lo de ahora es otra cosa”, reflexiona.

“Una cosa es temerle al virus, pero otra es la necesidad y el amor por el trabajo. Y a mí me gusta mi trabajo. Cuando estás en un entorno que tiene tan bien incorporado el concepto de resiliencia y las ganas de salir adelante en todo momento, no puedes quedarte a un lado sin ser testigo de primera mano de eso”

“Yo llevo 54 años en Monarch y algo sé de sortear crisis. Nos ha tocado sobreponernos a momentos económicos y políticos muy complejos. El último fue el estallido social, y el coronavirus nos encontró golpeados (…) pero lo de ahora es otra cosa”

El nuevo enfoque

En marzo, después de hacer algunos ensayos, capacitar al personal del taller en el uso de la tecnología y en el diseño del nuevo producto, además de adecuar las instalaciones para que los trabajadores pudieran hacer lo suyo respetando las distancias físicas obligadas por la pandemia, la empresa detuvo su producción tradicional y se enfocó en sacar 40 mil mascarillas para el primer mes. 90 días después, la meta mensual es de 60 mil.

La mayor parte de la venta se hace de manera online. Empezaron con el modelo tradicional y después sacaron una para niños, que se ajusta mejor a sus pequeños rostros, y otra con cuello incluido, pensando en el invierno. Entre medio, los ministerios de Desarrollo Social y Minería se acercaron a la empresa con la intención de hacer una compra considerable para repartirlas a personas vulnerables y en situación de calle. Magnasco dice que optaron por donar la mayor parte de ese pedido.

“Cada vez que sacamos un lote, en una hora o menos se agotan las tres mil o cuatro mil que tenemos para el día. Ha sido un reto enorme, pero un trabajo muy satisfactorio de hacer porque nuestro compromiso es con el país”, añade.

Aunque varias empresas en Chile se animaron a hacer lo mismo que Monarch, Magnasco dice que el éxito de su estrategia está en el papel que juega el cobre en el producto. “Esta mascarilla tiene su encanto: un precio razonable y una técnica que la hace destacar frente a otras del mercado. Las hacemos con hilado de cobre, que es muy distinto a una mascarilla bañada en cobre. Esas se lavan y se pueden volver a usar, pero deben desecharse después de seis u ocho lavados. Las nuestras diría que son eternas, porque el hilado está confeccionado con partículas de cobre, y eso no se cae con nada, a menos que se rompa”, explica.

Una técnica que también aplican hace aproximadamente una década a una de sus líneas de calcetines -en alianza con Codelco-, dejando que el mineral sea protagonista por las propiedades de sus partículas, que tienen la capacidad de transformar superficies o materiales en agentes antimicrobianos (se ha comprobado que pueden matar al 99% de las bacterias y virus).

Sin temor

Cuando habla del increíble momento que atraviesa la empresa, Magnasco no se refiere a que haya logrado recuperarse con la venta de las mascarillas. Al menos hasta junio no estaban cerca de ese escenario, ni siquiera porque toda la producción hasta el mes siguiente ya estaba vendida o porque recibieron varios encargos de otros países.

“El objetivo de esta mascarilla nunca fue el de financiar a la empresa, sino ser un aporte social. Pero sí nos funcionó para mantener a nuestra fuerza laboral prácticamente intacta, sin tener que despedir a nadie. Eso ya es una enorme ganancia”, asegura.

A sus 74 años, todavía sale de su casa a supervisar las labores en la fábrica. No va todos los días, porque sabe el riesgo que el virus representa para alguien de su edad. Pero dice que tampoco puede quedarse tranquilo en su casa viendo cómo todo pasa.

“Tomo todas las precauciones, voy a trabajar muy preparado, nadie se acerca a mí a menos de dos metros, pero sé que en algún momento todos nos vamos a contagiar”, comenta.

¿Sintió miedo en algún momento? Se queda pensando, sin decir nada durante varios segundos. Y entonces responde: “Una cosa es temerle al virus, pero otra es la necesidad y el amor por el trabajo. Y a mí me gusta mi trabajo. Cuando estás en un entorno que tiene tan bien incorporado el concepto de resiliencia y las ganas de salir adelante en todo momento, no puedes quedarte a un lado sin ser testigo de primera mano de eso. En nuestro caso, lo más fácil habría sido paralizarnos por el miedo, cerrar, esperar que pase todo esto, despedir a la gente y después se verá… Pero quisimos intentarlo, tratar de salir adelante hasta que las condiciones lo permitan. Cuando ya no podamos más, veremos. Pero hasta el momento hemos podido, y creo que lo hemos hecho muy bien”.

“El objetivo de esta mascarilla nunca fue el de financiar a la empresa, sino ser un aporte social. Nos funcionó para mantener a nuestra fuerza laboral prácticamente intacta, sin tener que despedir a nadie. Eso ya es una enorme ganancia”

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